Deterioro

La calidad de la democracia en Ceuta está en un grado de deterioro alarmante, del que los hechos acaecidos el viernes son un síntoma representativo. Hace algunas semanas que decía que para muchos la democracia se había vaciado y de ella solamente quedaban las formas, aunque ya comienza a dudas que éstas permanezcan.

Las continuas irregularidades en todos los órdenes que nos rodean y, sobre todo, el triunfo del tramposo, junto la absoluta presencia de sanciones y de otras medidas coercitivas cuando es detectado, hace que se inocule un sentimiento de impunidad que se transforma en el deseo de pasar desapercibido uniéndose a ese pensamiento único, que se nos quiere imponer como necesario.

El atrincheramiento en unas posiciones donde mantener una retórica vacía es mejor que una honesta búsqueda de la verdad, la cerrazón en que la crítica y el crítico siempre oculta todos los males pretéritos y presentes, la idea de que uno es un salvador están destrozando la democracia en Ceuta. En una democracia no se desprecia a la verdad, ni se infama la crítica ni hay Mesías.

Lo anormal está siendo aceptado como normal y cotidiano. Las tropelías son vistas como normales, inevitables o con una simple indiferencia. Todos miramos para otro lado mientras no nos toque a nosotros, que es cuando tendremos la feliz experiencia de ver como los demás evitan vernos.

La indiferencia hace que la sociedad pierda cohesión y la solidaridad mínima para mantenerse unida. Nos convertiremos, si no lo somos ya, en un simple agregado de individualidades solitarias y temerosas en la que la grupalidad solamente viene dada por el molesto e inevitable hecho de tener que compartir el mismo espacio físico.

Los que se dejan los millones de euros públicos en dar un imagen bucólica de lo que no lo es, quieren hacernos creer que vivimos en el mejor de los mundos posibles por el sencillo hecho de que ellos reparten lo que es de todos como un pastel a su antojo.

Quieren derrotar a todo el mundo mediante una estrategia de hechos consumados, combinada con una agresividad proporcional a los intereses propios en juego. No se tienen principios ni fines, ni se tienen valores ni criterios, es una desnuda acción en busca del mantenimiento de una posición conseguida a costa de todas y en vista de su acrecimiento hasta que el cuerpo aguante, porque la vergüenza se perdió hace mucho.

Cuando el interés por la verdad se ha perdido, cabe esperar al menos una protección de la propia circunstancia, un ejercicio discreto de hacer algo para dar una impresión mínima de preocupación.

Nada de eso se ha dado porque no hay necesidad, ya que el dominio absoluto de todos los resortes sociales y mediáticos da una único visión que permite que se mire para otro lado o que no se tenga más remedio que aceptar esas versiones que se intentan colar como ciertas por saturación

Si se quiere salvar no el deterioro, sino la propia existencia de la democracia, hay que dejar de consentir todo tipo de aberraciones que se critican en privado y se silencian en público. Ya estamos en el fondo, donde nos jugamos lo básico de la vida en sociedad. Esperemos no caer aún más bajo.

Articulo publicado en “El Faro de Ceuta“.

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