Perderse en las formas

Las formas son una convención social que contienen una serie de reglas sobre cómo una persona ha de comportarse en las circunstancias normales de la vida. Las formas nos permiten una serie de conocimientos aceptados generalmente para desenvolvernos con éxito en una amplia gama de situaciones.

Como toda convención social, las formas son expresión de los valores de la sociedad que las engendra y las transmite de generación en generación a través de la informalidad de la reproducción y de la imitación.

Pero las formas del comportamiento social tienen un límite común a toda convención social. Este límite es la ruptura del nexo entre los valores que estas formas representan y las propias formas, lo que se conoce como “ritualismo” en terminología de la Sociología norteamericana clásica.

El “ritualismo” o los “ritualistas” sustituyen el valor por la forma, de manera que lo importante no es ser bueno (realizando buenas acciones y evitando las malas), sino que lo principal es parecer “educado”. Con demasiada frecuencia en nuestra sociedad se confunde la educación con la bondad moral, cuando son dos cosas cuyo único punto de unión es el nexo convencional.

Los “ritualistas” suelen ser personas sin valores de ningún tipo, especialmente sin valores morales. Son los amos del relativismo más extremo y consiguen una adaptación social y hasta una aprobación como portadores de conciencia moral a través de la idolatría de las formas socialmente aceptadas. De hecho el cumplimiento estricto de las formas rituales es su único valor porque en éste encubren su anomía (su falta de normas) social o su nihilismo ególatra.

Existe una estrategia de abogados consistentes en obstaculizar procesalmente un caso cuando se sabe que el fondo está perdido. Es un ejemplo de ritualismo en el que una parte, en un litigio, se agarra a las normas del procedimiento para evitar que el tribunal se pronuncie sobre el fondo de la cuestión porque es conocedora de que si eso se produce, perderá inexorablemente. En la vida pública hay quiénes solamente hablan del cómo hacer o del cómo se deben hacer las cosas para evitar hablar de las cosas mismas.

Este amor a las formas, al procedimiento cuando les conviene (cuando no se lo saltan porque sí pero con toda “educación”), hace que terminen valorando más lo accesorio en la vida social que lo decisivo, de forma que se horrorizan por el destino de dos trapos pero no por el de las personas. Para los “ritualistas” las formas son lo único que tiene para encubrir su vacuidad en todos los sentidos: dos trapos tienen mucha más importancia que cientos de seres humanos.

La democracia es un reino de determinados valores que se dota de unas formas, como todo régimen político y social. Los que poco estiman los valores democráticos se presentan como unos enamorados de sus formas abstractas y vacías, las cuales manipulan para que la democracia sea lo que ellos quieren, igualándola a “egocracia”.

Cuando una democracia está presa del secuestro de sus formas por quienes no aprecian sus valores, la salida legítima es sacar los valores a la calle y gritar bien alto que hay cosas por las que no se puede ni quiere pasar.

Es mejor perder las formas que perderse en la formas.

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