Federalismo para todos

La idea del “Estado Federal” es un mantra recurrente en nuestra vida política. Para algunos es una reivindicación casi histórica, mientras que para otros no es más que un eufemismo para esa tan temida y nunca llegada desintegración.

El actual estado de las autonomías se configuró como un camino intermedio entre el centralismo y lo federal. La diferencia estriba en que la existencia de lo federal supone, real o hipotéticamente, un acuerdo entre las partes que lo integran sin el cual lo federal no emerge. Por el contrario, en el modelo descentralizado los entes inferiores son una creación del Estado y no a la inversa.

Esta cuestión que no es meramente teórica, ya que tiene unas amplias consecuencias tanto en la vida como en la acción pública, ha sido desplazada por una concepción provisional.

Desde la Sentencia del Tribunal Constitucional, de 20 de marzo de 1997, sobre el Texto Refundido de la Ley del Suelo de 1992 (resolución que creó una situación extraña en Ceuta y en Melilla) se habla de que España es un “Estado materialmente federal”. Lo que esta expresión, “materialmente federal”, quiere decir no es otra cosa sino que España funciona federalmente aunque su diseño institucional no llegue a ese extremo.

La cuestión de lo federal no se sitúa, en mi opinión, únicamente en un plano de estricta doctrina constitucional, sino en una mentalidad que debe ser el cimiento de lo federal. Desde Tocqueville y su fantástico libro La democracia en América nadie duda de que el funcionamiento de los sistemas democráticos solamente es posible si estos reflejan estructuralmente la sociedad que gobiernan.

Un sistema federal implicaría cosas que hasta ahora han sido escandalosas para unos y otros, dependiendo de su posición respecto al poder. En primer lugar la consolidación de lo federal, aunque sólo sea en un sentido material, conllevará una variedad legislativa y regulativa mayor que la actual y se dará también ese fenómeno tan norteamericano como es la oferta legislativa.

Digo que lo federal requiere la mentalidad de aceptar lo diferente, las soluciones diversas a iguales circunstancias, como método común de gobierno. Una mentalidad que años de centralismo han conseguido considerar como un mal intrínseco. Pero también lo federal exige la idea de que el gobierno federal, o como se le denomine, tenga unos poderes conferidos explícitamente y solamente esos (por más que inevitablemente luego haya que recurrir a poderes implícitos), y que todo lo no previsto quede en manos de los entes federados.

Siempre habrá amantes del centralismo que intentarán que las instancias federales se comporten de forma centralista. Sucede que existen personas que confunden lo federal con lo autoritario, con lo centralista, con lo que niega cualquier autonomía e independencia a los entes federados. Esto lo hacen únicamente cuando ellos creen que beneficia a sus intereses o posiciones.

Publicado en El Faro de Ceuta.

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