La muerte del dios ladrillo

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Escribir sobre este año y no mencionar la palabra “crisis” es absurdo y se faltaría a las tácitas cláusulas de estilo, que se pretenden en estos anuarios, con los que “El Faro” quiere hacer una recapitulación de todo el año.

La crisis tiene unas connotaciones globales y es, sobre todo, una crisis financiera que está afectando a la disponibilidad del crédito. El crédito, como cualquiera sabe, es lo que hace que nuestro sistema económico funcione, ya que facilita dinero a las empresas para realizar inversiones sin necesidad de tenerlo aprovisionado y da dinero a los consumidores para adquirir “en cómodos plazos” numerosos bienes que difícilmente podrían hacerlo mediante el ahorro ordinario.

La situación de muchas entidades crediticias después de invertir en fondos “infectados” con garantías como las hipotecas “subprime” de los Estados Unidos, la propia alza de la morosidad hipotecaria y crediticia en España y el miedo que se ha extendido en todos los mercados, está haciendo que quien tenga dinero prefiera mantenerlo en sus arcas antes de exponerlo en un mercado donde lo único cierto es la incertidumbre.

Todos los gobiernos, especialmente los occidentales, han abandonado las técnicas netamente monetaristas de las últimas décadas y la adoración a la autorregulación del mercado. Las primeras porque no son ni mucho menos suficientes para paliar los efectos de los ciclos económicos. La segunda porque las virtudes autorregulatorias del mercado se han demostrado ineficientes, excepto en mercados muy concretos, por el sencillo motivo de que no hay casi ningún mercado con pleno acceso a la información, sin merma de la libre competencia, entrada y salida libre de actores y equilibrio.

ladrilloLa desregulación masiva de los mercados, especialmente de los mercados financieros en los Estados Unidos, no ha producido ni mucho menos los frutos pretendidos, sino que las fallas connaturales del sistema han sido aprovechadas por los actores dominantes para ponerlas completamente a su favor y jugar con su dinero y el ajeno en una espiral de beneficios tan espectaculares, como increíbles y obscenos.

En España la crisis ha tenido una versión propia, como en casi todos los países. El crédito fácil ha estado financiando una burbuja inmobiliaria que ha hecho crecer el movimiento de dinero como ha cambiado la estructura paisajística y urbanística de nuestro país.

Se ha estado construyendo a un ritmo muy superior a la demanda real de vivienda, si por ésta entendemos el número de viviendas necesarias para que cada unidad familiar tenga una en alquiler o en propiedad.

Las facilidades hipotecarias, especialmente los bajos intereses, una desregulación del suelo de mentalidad fracasadamente neoliberal, el interés de las corporaciones municipales de ingresar el 10% del aprovechamiento urbanístico, la escasa vergüenza de unos muchos y la mentalidad española de invertir los ahorros en propiedad inmobiliaria han sido el terreno propicio para que la construcción se disparara y se invirtiera la ley de la oferta y la demanda.

Digo que se ha invertido la ley de la oferta y la demanda, porque cuanto mayor era la oferta, mayor era el precio. Primero porque el suelo y los materiales de construcción subían para aprovechar el tirón, y segundo, lo más importante, porque se han utilizado técnicas de colusión por precios referenciales (cada dato que se publicaba informaba de cuánto se debía subir), de forma que la tasación genérica de una zona servía para encarecer un tanto por ciento el precio, en el que ya se quería cobrar hasta la revalorización venidera.

Se han creado fortunas y parecía que el dinero prestado era propio. Corría por las calles y muchos políticos creyeron haber encontrado la fuente de eterno crecimiento económico en la especulación inmobiliaria, entre ellos nuestro Presidente, Juan Vivas.

Pero comenzaron a fallar determinados productos financieros y el veneno que tenían, y que se había transmitido a través de los fondos de inversión, llegó a todos los rincones del planeta. Se ha parado el crédito, quizá no porque no haya dinero, sino porque no hay valor para ponerlo en juego. Y andan los gobiernos desempolvando los manuales del keynesianismo más ortodoxo (el Estado como dinamizador económico), que quizá también se haya quedado un tanto trasnochado, como le acaba de ocurrir al neoliberalismo.

Publicado en el “Anuario de El Faro de Ceuta”

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